16 ago. 2017

Viaje a Camboya 2017: el vertedero

El año pasado publiqué una foto de un niño al que había conocido en un vertedero camboyano.

En el blog hablé de lo dificil que me fue saber sobre la cantidad de niños que hay en el mundo trabajando en vertederos escarbando la basura cada día (se estiman millones).

Me quedé muy sorprendida con algunos de los comentarios que recibí después. La gente me decía que la foto parecía preparada o que el niño no parecía muy necesitado porque tenía una cadena de plata y obviamente, tenía comida (que yo le acababa de dar hacía cinco minutos). Recuerdo estar en mi ordenador con muchas ganas de llorar viendo cómo se podía desestimar tan rápido las vidas de los niños que viven -y trabajan- en el vertedero.

El día que estuve allí las moscas formaban un enjambre tan espeso que el vertedero zumbaba constantemente, cambiando de color a negro por las moscas que se movían apartandose mientras pasaba para conocer a los niños. Me partió el corazón ver a niños pequeños hurgar la basura esperando encontrar cualquier cosa de metal o plástico que se pudiera reciclar. Acababa de pasar por un montón de pañales sucios, residuos quirúrgicos y un mar de gusanos blancos moviendose por todas partes.
Fuimos al vertedero para ver si los padres de los niños que vivían allí permitirían a sus hijos ir al colegio si LWB costeaba su educación. Ese día aprendí rápido que cuando la pobreza te atenaza ni te planteas que pueda haber una salida. El dólar diario que tu hijo consigue para la familia encontrando tapones de plástico de las agujas hipodérmicas entre las montañas de basura, te parece como la única posibilidad de alimentar a tus hijos. Ese día nos fuimos habiendo convencido sólo a dos de los padres. Y durante todo este año me ha alegrado mucho el haber podido dar una educación a Cody y a Jamie.
Pero ninguno de nosotros pudimos olvidar al resto de niños que conocimos allí. Leng, el director de LWB en Camboya siguió yendo al vertedero cada mes para construir una relación de confianza con los padres.

Este año, cuando he vuelto a Camboya, sé mucho más sobre los riesgos que corren los niños trabajando en un vertedero. He leído artículos sobre niños enterrados vivos por camiones descargando su basura encima de ellos. He encontrado innumerables estudios de problemas médicos a los que se enfrentan los niños: cortes y heridas infectadas, graves dolores de cabeza y problemas crónicos de respiración al respirar los gases de la quema de basuras.

También he sabido por Leng que muchos padres piensan que es mucho más honrado trabajar en el vertedero que pidiendo en la calle. Afortunadamente también nos dijo que la mayoría de padres desearían que sus hijos pudieran tener una vida mejor algún día.
Así que este año volvimos otra vez para hablar de la educación de los niños. Hacía mucho más calor que el verano pasado, y las moscas estaban a pleno rendimiento.

Había llovido mucho justo antes de que llegáramos y caminar por el vertedero era aún más difícil porque la basura putrefacta se mezclaba con el barro y nuestros pies hacían succión. Según nos acercábamos a la zona donde estaban los niños, me di cuenta de que iba a ser casi imposible cruzar la zona pues se había convertido en una ciénaga húmeda y contaminada.

Pero los padres nos vieron venir y empezaron a extender bolsas de basura como si fueran alfombras para que pudieramos pasar. Bolsa tras bolsa tras bolsa extendidas en el barrizal asegurando que pudieramos pasar con seguridad, fue algo surrealista y aleccionador.
El primer niño que vi fue el mismo al que fotografié el año pasado, más alto pero igual de callado y solemne a pesar de que traté de ganarmelo con juguetes que llevé.

También pude ver de nuevo a Isabelle de 9 años, que me robó el corazón con su preciosa personalidad.
También había crecido y seguía tan linda como siempre. Su cara fue la que siempre imaginaba cuando nos decíamos unos a otros que no íbamos a darnos por vencidos en el tema de dar educación a los niños del vertedero. Salté de alegría cuando su madre ha sido una de las primeras en decirnos este año que SÍ.
Esta vez nos fuimos del vertedero con ocho niños más inscritos en el programa para venir a nuestra nueva escuela Cree En Mi. Mandaremos cada día un carro grande (un tuk tuk) para recoger a los niños por las mañanas y devolverlos a casa seguros por las tardes.

Los niños tendrán un almuerzo caliente a diario y ocho horas en las cuales aprenderán a leer, a hacer matemáticas, a saltar a la comba, a jugar al fútbol. Ocho horas cada día donde no respirarán humos tóxicos. Sé que puede parecer una nadería cuando piensas en los millones de niños de todo el mundo que viven en vertederos, pero el lema de LWB ha sido siempre Cada Niño Cuenta.
Sinceramente os digo que saber que estos ocho niños van a ir al cole ha hecho que todo mi viaje haya valido la pena.

Espero que celebreis conmigo que estos niños tengan ahora esta nueva oportunidad de un futuro mejor. Ahora empieza nuestro trabajo de encontrarles padrinos a todos. Apadrinar su educación dará a estos niños ocho horas libres de humos tóxicos, ocho horas para ser niños.

En el próximo blog os hablaré de nuestra visita a los suburbios y de una niña muy especial que nos necesita.

~Amy Eldridge, Chief Executive Officer

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