15 may. 2014

Gemelos

Hace poco me ofrecí a cuidar a los hijos gemelos de una amiga que tenían un mes de edad, para que ella pudiera tener un rato para sí misma fuera de casa. Como yo tengo siete hijos, estaba segura de que iba a pasar la tarde sin ningún incidente. Cuando llegué, la pequeña Joy estaba profundamente dormida y el pequeño Mark se acababa de despertar y estaba listo para que le dieran de comer. Muy contenta, me senté en el sofá para darle el biberón, "Sin problema", le dije a su madre, "Lo tengo todo controlado."

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La primera hora fue genial, y me puse a pensar en lo conveniente que era que los gemelos se despertaran de forma alterna :-) Pero justo cuando Joy se despertó protestando, Mark, que acababa de dormirse, decidió que no quería que le dejara en la cunita y me lo hizo saber a grito pelado. Uh, Oh, Houston... ¡Tenemos un problema! De pronto tenía a dos bebés llorando a la vez y tuve que tomar la difícil decisión de a quién consolaba y acunaba y a quién dejaba esperando. Para los que habéis vivido la misma situación, sabéis que es un sentimiento terrible el no poder ayudar enseguida a un niño tan chiquitín que está llorando. Va en contra del corazón de cualquier madre. Me hizo recordar aquella primera vez que trabajé en un orfanato toda la noche, cuando había muchas habitaciónes llenas de cunas y tan solo una cuidadora haciendo el turno de noche. En la habitación en la que trabajé había 15 niños bebés, y la cuidadora bajó al comedor a por los últimos biberones de la noche. Empezó una de ellos llorando porque se había mojado la ropa, pero de pronto pareció como si todos los niños de la habitación unieran sus voces para decir: "Por favor, que alguien venga a ayudarme."

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Estoy segura de que tenía que tener una cara de tremendo susto cuando intentaba coger a un bebé en un brazo mientras trataba de acariciar la cabeza de un segundo, y a la vez probaba a hablar suavecito y tranquilizar a los demás diciendo que había alguien con ellos y que no se preocuparan. Cuando la cuidadora llegó con el carrito de los biberones, los gritos aumentaron considerablemente de volumen como si de algún modo todos supieran que la comida estaba cerca pero no llegaba lo suficientemente rápido. Y sí, por supuesto que yo estoy absolutamente en contra de que los bebés tomen el biberón solos sujetándolos con las almohadas, pero, ¿sabes qué? Esa noche enrollé muchas toallas y me esforcé en tratar de que apoyar los biberones con el ángulo correcto para que los pudieran comer bien, porque tenían hambre, y sólo había dos pares de manos para darles de comer a todos.
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Fue una noche muy larga y en esta última década he pensado en ella muchas veces cuando he reflexionado sobre lo difíciles que son los trabajos de las cuidadoras en los orfanatos, a menudo no llegando siquiera al salario mínimo interprofesional. A cualquiera a quien le gusten los niños le resultará muy duro ignorar los llantos de un bebé cuando tus brazos están ya ocupados con otro. La joven que estuvo conmigo esa noche tenía a 15 personitas bajo su responsabilidad durante su turno de 8 horas. Cuando me fui del orfanato a la mañana siguiente, me sentí como si me hubieran pasado por un exprimidor puesto que no había manera posible de poder consolar a todos los peques, y aún así, todas las noches la misma cuidadora volvía para hacer el mismo trabajo una y otra vez.

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Así que aquí estaba yo, diez años después, haciendo todo lo posible para que sólo dos niños supieran que no estaban solos y que había alguien cerca. Sujeté el biberón de Mark con mi barbilla mientras le daba a Joy el suyo con mi mano libre. Me puse a un bebé al hombro y al otro sobre mis rodillas, sintiendome como si hubiera logrado lo más difícil del mundo cuando logré acariciar la espalda de Joy mientras mecía a Mark de lado a lado sobre mis piernas. Caminé, canté, y luego caminé un poco más. Y por supuesto pensé mucho en mis propios hijos ese día, y el corazón se me entristeció de nuevo pensando en su realidad, la de que ha habido demasiadas veces cuando eran pequeños en sus orfanatos, sin nadie que pudiera atender a sus necesidades más básicas de vinculación. Durante meses, después de que mi hijo llegara a casa, le encontraba tumbado en su cuna mirando estóicamente al techo mucho rato después de haberse despertado, ya que había aprendido que llorar no causaba que nadie se acercara. Yo le decía una y otra vez "GRITA llamándome cuando te despiertes, y te prometo que vendré corriendo." Le costó mucho tiempo creerme.

Lo que nuestros hijos han vivido en un entorno institucional es algo que creo que muchos de nosotros tratamos de no pensar. Es sencillamente demasiado doloroso pensar que a los niños a los que queremos tan profundamente y de forma tan absoluta, les dejaban mojados, hambrientos y solos. Pero si encontraba difícil cuidar a solo dos niños del modo en que una madre desearía poder hacerlo, ¿cómo es posible que sólo una cuidadora pueda atender a diez? Sí, puedes dar de comer a uno y cambiarle el pañal, pero la realidad es que los niños NECESITAN un padre o madre dedicados a ellos. Necesitan que alguien los abrace cuando están enfermos, y les tranquilice cuando tienen miedo, si no, se hace muy duro y difícil que sus corazones puedan confiar de forma completa.

Hoy quiero agradecer a todas las personas que han abierto sus corazones a los niños huérfanos y abandonados. Algún día puede que todos comprendamos que cuando un niño sufre, el mundo entero sufre también. Hasta que llegue ese día, debemos continuar tratando de hacer lo posible para que todos los niños que sea posible sepan que sus necesidades importan. Debemos trabajar juntos para asegurarnos de que cada niño tiene al menos una persona dedicada a ellos en sus vidas, permitiéndoles conocer el amor. Mientras eso parece muchas veces un objetivo imposible, las vidas de cada niño en las que podemos impactar, serán  vidas con una posibilidad real de tener un futuro emocionalmente sano. Y aunque es fácil pretender que vivir en un orfanato no influye en el bienestar de un niño a largo plazo, la realidad es que hay demasiados llantos todavía que, tristemente, no son atendidos. Sigue habiendo mucho trabajo que hacer, y yo estoy muy agradecida a todos los que os unís a nosotros para marcar una diferencia.

~Amy Eldridge, CEO

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